Un método peligroso
El director canadiense David Cronenberg nos tiene acostumbrados a las emociones fuertes (Promesas del este, 2007; Una historia violenta, 2005; Crash: extraños placeres, 1996) o a situaciones límite, que mezclan las debilidades humanas con lo terrorífico (M. Butterfly, 1993; El festín desnudo, 1991; Mortalmente parecidos, 1988; La mosca, 1986; Videodrome, 1983; Scanners, 1981).
En esta película, no es la carne la que se martiriza sino la complejidad del ser humano y el conjunto de sentimientos y pulsiones que promueven su accionar. Los gritos con que empieza la película se van acallando poco a poco, dando espacio a las palabras orales y escritas. Pero siguen ahí latentes, esperando resurgir.
Sabina Spielrein (Keira Knightley) es una paciente histérica y traumatizada que es atendida en 1904 por Carl Gustav Jung (Michael Fassbender). Decide hacerlo con el método teorizado por Sigmund Freud (Viggo Mortensen), a quien conocerá después personalmente. Sólo que la ética profesional de Jung se verá remecida por la amoralidad del drogadicto Otto Gross (Vincent Cassel) y – yendo contra las reglas – se convertirá en el amante dela Spielrein, incluyendo nalgadas masoquistas. La relación con una mujer inestable va más allá de la amenaza física (por ejemplo, un corte sobre el pómulo), sino que también puede liquidar una carrera exitosa.
Resumida con estos términos, la película puede aparecer como un drama sentimental, al límite de la soap opera. Pero Cronenberg es más profundo. Los diálogos entre Freud y Jung ocurrieron realmente y los textos de sus cartas también son auténticos. En sus encuentros personales y epistolares, el austriaco es el padre autoritario (con un perenne puro habano encendido) y el suizo es el hijo revolucionario que trata de “matar” simbólicamente al padre (alter ego de Cronenberg y de su esperanza en el hombre).La Spielrein es la encarnación del éxito del psico-análisis (como corrige Freud), pero también un comburente de esos instintos libidinosos que Jung no querría aceptar completamente.
Hay una hermosa secuencia que compendia el deseo sexual con su contexto pecaminoso desde el punto de vista social y ético. Ambos amantes, abrazados en el fondo de una barca, se dejan llevar por la corriente del lago como si estuvieran en un sarcófago sobre las ondas de la frágil y movediza moralidad.
No faltan instantes polémicos, como cuando se descubre que Freud, que es judío, se opone a Jung no tanto por sus ideas, sino porque no lo es y ordena ala Spielrein, que es judía, que desconfíe de él. ¿Son los preludios del antisemitismo anunciado?
Una última reflexión, dedicada a los que leen los títulos del comienzo y del final. En el fondo de la pantalla se ven trazos de tinta y el papel asume la porosidad de la piel. Es como si las palabras escritas por los tres personajes (verdaderamente existidos) se hubieran ido grabando en la historia dela Humanidad.

