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El triunfo de López Obrador cambió la historia: Conozca su primer discurso como Presidente electo

(Tomado de La Jornada de México). La elección presidencial de ayer es extraordinaria por donde se le vea y en muchasdimensiones marca un punto de inflexión en la historia de México y de América
Latina.

(Conozca el importante discurso de AMLO el día de la victoria en la Plaza El Zócalo del DF)

https://www.youtube.com/watch?v=1sWSrKmyUjE&feature=youtu.be

Representa el triunfo de un proyecto transformador en lo político, lo social, lo
económico y lo ético que se propuso conquistar el poder presidencial por la vía
pacífica y democrática; asimismo, el triunfo de Andrés Manuel López Obrador, de su
partido, el Movimiento Regeneración Nacional (Morena), y de su coalición Juntos
Haremos Historia, integrada además por los partidos del Trabajo y Encuentro
Social, marca el fin de un ciclo de gobiernos que empezó en 1988 y llevó al país por
un camino de desarrollo supeditado a la economía de Estados Unidos, a una
dramática concentración de la riqueza, al crecimiento desmedido de la pobreza, al
quiebre del estado de derecho en diversas regiones, a una alarmante corrupción y a
asimetrías sociales que terminaron por generar una crisis de inseguridad y violencia,
exasperación ciudadana y pronunciado deterioro institucional.

Los comicios de ayer no tienen precedente, además, por el resultado que da una
mayoría absoluta al triunfador, por el elevado porcentaje de participación popular
(cercano a 63 por ciento de la lista nominal), por el número de funcionarios
electorales involucrados –cerca de un millón 400 mil– por la normalidad en que
transcurrieron y se resolvieron –a pesar de incidentes muy lamentables, pero
aislados, y de desaseos marcadamente regionales, como en Puebla y Veracruz–;
también porque la elección desembocó en un reconocimiento adelantado al
triunfador por parte de sus rivales, José Antonio Meade y Ricardo Anaya. A esos
discursos se unieron, tres horas más tarde, el anuncio de las tendencias
–irreversibles– del Programa de Resultados Electorales Preliminares (PREP) por
parte del consejero presidente del Instituto Nacional Electoral y del mensaje en
cadena nacional del presidente Enrique Peña Nieto, quien se desempeñó a la altura
de un estadista. Esas alocuciones democráticas despejaron cualquier escenario de
conflicto y apaciguaron los ánimos sociales y las incertidumbres económicas y
financieras que hubieran podido subsistir.

Por lo demás, no dejó de resultar sorprendente para muchos que el grupo en el poder haya terminado por reconocer el triunfo electoral de una propuesta de viraje nacional que fue bloqueada en 2006 y 2012.
Después de tres décadas de gobiernos neoliberales, el proyecto de nación que
servirá de base al programa de gobierno del dirigente tabasqueño y ex jefe de
Gobierno capitalino propone una senda claramente diferente a los lineamientos
seguidos por las últimas administraciones –y retomados, en lo fundamental, por los
aspirantes presidenciales de los partidos Revolucionario Institucional y Acción
Nacional con sus respectivas coaliciones, José Antonio Meade y Ricardo Anaya– y
a las prioridades del sector público, empezando por la construcción de un estado de
bienestar, la redistribución de la riqueza, el rescate del campo y el énfasis en la
generación de empleos, la incorporación masiva de los jóvenes a la educación
superior, la inclusión de grupos hasta ahora marginados, la austeridad republicana
en el servicio público, diversas modalidades de recuperación del dominio de la
nación sobre los recursos naturales y la soberanía nacional.

Independientemente de cuánto de ese programa pueda concretarse, el hecho de
que haya recibido un apoyo abrumador en las urnas habla del dramático cambio de
enfoque en el ánimo nacional. El país consumó ayer, en suma, un cambio de
paradigma de gran trascendencia para los años venideros.

Ese proyecto no nació en las recientes campañas ni en los comicios presidenciales
pasados o antepasados. El ideario de la coalición Juntos Haremos Historia tiene
raíces de muchas décadas en movimientos obreros, campesinos y sociales, así
como en luchas partidistas por la democratización del país, y reúne medio siglo (o
más) de experiencias de movilización, participación y resistencia de buena parte de
las izquierdas nacionales. Es la más reciente expresión de una visión alternativa
que hasta hace unos años parecía aplastada por el pensamiento único
característico del neoliberalismo, y es justo reconocer que tras el éxito electoral de
López Obrador están la tenacidad y la abnegación de miles de activistas, dirigentes,
militantes, intelectuales, informadores y simples ciudadanos que consagraron parte
o la totalidad de sus vidas a una transformación con sentido social y popular. Debe
admitirse, ciertamente, el tesón empeñado por el propio candidato triunfante en la
construcción de una dirigencia y de una organización capaz de llevarlo a la
Presidencia por la vía electoral.

En suma, el país debe felicitarse por la consecución de una madurez democrática
que se traducirá en una renovada legitimidad institucional y en un nuevo estadio en
la vida republicana, por el clima propicio a la reconciliación nacional que deja la
contienda y por el fin de un tramo político y económico de consecuencias
devastadoras que había llegado al pleno agotamiento.

El día después —John M. Ackerman

No es momento para triunfalismos. La victoria ciudadana en las urnas con Andrés
Manuel López Obrador es apenas el primer paso hacia la transformación de la
República. La llegada de un hombre honesto y digno a la Presidencia de la
República implicará un cambio radical en las altas esferas del poder y un nuevo
contexto para el florecimiento de la sociedad civil. Sin embargo, el futuro de México
no dependerá de lo que haga o deje de hacer un solo hombre, sino de las acciones
de cada uno de nosotros.
¿La oligarquía aceptará su contundente derrota en las urnas? ¿Qué harán los
periodistas cómplices con el régimen corrupto ahora que se les acaban los moches
desde el poder? ¿Y el gobierno de Enrique Peña Nieto entregará tranquilamente el
poder al nuevo presidente electo?
La lucha por la justicia social y un buen gobierno apenas se inicia. La jornada
electoral de ayer fue marcada por una serie de graves irregularidades:
desorganización en la instalación de las casillas electorales, insuficientes casillas
especiales, robo de urnas, violencia callejera, un operativo masivo de compra y
coacción del voto, presión sobre beneficiarios de programas sociales y la
continuación de las llamadas de intimidación. Frente a estos graves problemas, las
instituciones públicas hicieron poco o nada para defender la legalidad del proceso
electoral.
Pero a pesar de la indolencia y la complicidad de las autoridades electorales, los
ciudadanos acudieron masivamente a las urnas para expresar su voluntad respecto
de la conformación del nuevo gobierno de México. El pueblo rebasó a las
instituciones y se escuchó su grito de hartazgo, de coraje y de esperanza por todos
los rincones de la República.
La tarea ahora no debe ser la construcción de una unidad falsa, cómplice y
superficial, sino de generar una coalición entre las diferentes corrientes
democráticas, una verdadera alianza desde abajo y a la izquierda que cuente con
suficiente fuerza para transformar de fondo al sistema autoritario imperante.
No podemos repetir los errores de Vicente Fox. El pacto de transición debe ser con
la ciudadanía, no con la oligarquía o los mismos corruptos de siempre. La única
forma para llegar al fondo, de extirpar de raíz los graves problemas de corrupción,
pobreza e ilegalidad es a partir de una transformación profunda de las formas de
gobernar.
No mentir, no robar y no traicionar, así resume López Obrador su proyecto de
Nación. Estas tres expresiones no pueden quedarse como un simple discurso
electorero, sino que deben convertirse también en los estandartes de su próximo
gobierno. No mentir significa informar, de manera plena y con total transparencia, a
la sociedad sobre todos los gastos, las acciones y los planes del gobierno. No robar
implica acabar de una vez por todas con la corrupción en absolutamente todos los
niveles de la administración pública federal. No traicionar significa cumplir con las
altas expectativas del pueblo mexicano con respecto al crecimiento económico, el
fin de la pobreza y la construcción de la paz y la justicia.
No podemos dejar solo a López Obrador. Si bien la crítica al poder gubernamental
es siempre esencial, también tenemos que tener claro que los gobiernos de
izquierda se enfrentan a enormes retos con respecto a su relación con los poderes
llamados fácticos que operan fuera de la institucionalidad democrática, como los
oligarcas, los narcotraficantes y los grandes medios de comunicación.
La sociedad mexicana ha dado una enorme muestra de valentía, de fuerza y de
dignidad el domingo, primero de julio. Celebremos la victoria. Nos la merecemos
después de tantas décadas de luchas constantes por la justicia y la democracia, en
las cuales han ofrendado sus vidas miles de héroes anónimos.
Pero también hay que ponernos a trabajar. Hoy se abre una enorme oportunidad
histórica para un cambio verdadero. No dejemos pasar este precioso momento para
poner, cada quien, su granito de arena.

AMLO y el poder real –Carlos Fazio

Ayer, primero de julio, millones de mexicanos salieron a votar, y si no hubo un
fraude de Estado monumental, Andrés Manuel López Obrador (AMLO) será el
próximo presidente de la República. De no ocurrir nada extraordinario en el periodo
de transición, el primero de diciembre próximo AMLO deberá asumir el gobierno.
Pero en ese lapso, y aún más allá del mediano plazo, el poder seguirá estando en
manos de la clase capitalista trasnacional.
Es previsible, también, que a partir de este 2 de julio, el bloque de poder (la
plutonomía, Citigroup dixit), incluidos sus medios hegemónicos (Televisa y Tv
Azteca, de Azcárraga y Salinas Pliego, ambos megamillonarios de la lista Forbes), y
sus operadores en las estructuras gubernamentales (el Congreso, el aparato
judicial, etcétera), escalarán la insurgencia plutocrática buscando ampliar sus
privilegios y garantizar sus intereses de clase, y para seguir potenciando la
correlación de fuerzas en su favor.
Más allá del ruido de las campañas, el proceso electoral transcurrió bajo el signo de
la militarización y la paramilitarización de vastos espacios de la geografía nacional, y
de una guerra social de exterminio (necropolítica) que elevó los grados de violencia
homicida a límites nunca vistos en el México moderno, similares a los de un país en
guerra (naturalizándose en vísperas de los comicios el asesinato de candidatos a
cargos de elección popular).
Como recordó Gilberto López y Rivas en La Jornada, ese conflicto armado no
reconocido es la dimensión represiva de lo que William I. Robinson denomina
acumulación militarizada, cuya finalidad es la ocupación y recolonización integral de
vastos territorios rurales y urbanos para el saqueo y despojo de los recursos
geoestratégicos, mediante una violencia exponencial y de espectro completo que es
característica de la actual configuración del capitalismo; el conflicto y la represión
como medio de acumulación de la plutonomía.
Para ello la clase dominante hizo aprobar la Ley de Seguridad Interior. Y está
latente, para su ratificación en el Senado, la iniciativa de Diputados de quitar el fuero
al presidente de la República; la denominada estrategia de lawfare aplicada a Dilma
Rousseff y Lula da Silva en Brasil, que implica el uso de la ley como arma para
perseguir y destruir a un adversario político por la vía parlamentaria y/o judicial; una
variable de los golpes suaves de manufactura estadunidense que podría revertirse
contra AMLO.
Al respecto, y más allá de su giro hacia el centro y el rediseño de su programa de
transición reformista −capitalista, democrático y nacional, con grandes concesiones
al bloque de poder dominante−, la llegada de López Obrador al gobierno pudiera
implicar, en principio, una ralentización o respiro (Galeano dixit) a la tendencia del
mentado fin de ciclo progresista y restauración de la derecha neoliberal en América
Latina.
El impulso de una nueva forma de Estado social, sin ruptura frontal con el Consenso
de Washington, significará, no obstante, un cambio en la correlación de fuerzas
regionales y tendrá tremendo impacto en los pueblos latinoamericanos. Por ello no
es para nada inocente –o simplemente centrada en la profundización de las políticas
de cambio de régimen en Venezuela y Nicaragua− la reciente gira neomonroísta del
vicepresidente de Estados Unidos, Mike Pence, por Brasil, Ecuador y Guatemala.
Cabe recordar el inusualmente crítico editorial del Washington Post del 18 de junio,
que asumió como suficientemente creíbles los nexos de colaboradores cercanos de
López Obrador con los gobiernos de Cuba y Venezuela, y las declaraciones del
senador republicano John McCain, tildando a AMLO como un posible presidente
izquierdista antiestadunidense y las del actual jefe de gabinete de la administración
Trump, general (retirado) John Kelly, quien afirmó que López Obrador no sería
bueno para Estados Unidos ni para México.
Según asesores de política exterior de AMLO, ante Washington, su gobierno
antepondrá la defensa a ultranza de la soberanía nacional; revisará el marco de la
cooperación policial, militar y de seguridad (DEA, CIA, ICI, Pentágono, etcétera), y
bajo la premisa de que la migración no es un crimen, incrementará la protección de
los connacionales irregulares, como si fuera una procuraduría ante los tribunales de
Estados Unidos. También revisará los contratos petroleros y de obra pública. Lo que
sin duda traerá fuertes confrontaciones con la Casa Blanca y la plutocracia
internacional.
Como dice Ilán Semo, en México la Presidencia de la República encierra
potencialidades simbólicas insospechadas; una suerte de carisma institucional. No
importa quién la ocupe, incluso a un inepto (pensemos en Vicente Fox), el cargo le
trasmite un aura: es el Presidente. Tras la Independencia, la Reforma y la
Revolución Mexicana, AMLO quiere trascender a la historia como el hombre de la
cuarta transformación. Pero para ello se necesita un cambio de régimen e impulsar
grandes saltos en la conciencia política de los sectores populares; sin un pueblo
organizado y movilizado tras un proyecto de cambio radical y profundo, no hay
carisma que alcance.

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